sábado, 13 de octubre de 2018

Darle caña a Pedro Sánchez, deporte del facherío


Coloquialmente se entiende por facherío o carcundia a la extrema derecha como grupo o conjunto. No es difícil escuchar que “en el barrio de Salamanca de Madrid hay mucho facherío. Te encuentras fachas hasta en la sopa”.

Pues bien, desde que Pedro Sánchez fue elevado a La Moncloa, no por una decisión papal, sino por la elección mayoritaria del Congreso de los Diputados, el facherío, al que parecen sumarse gustosos no solo los devotos de Vox, sino también los pupilos de Pablo Casado y Albert Rivera, envueltos en una alocada carrera para hacerse con el trozo de tarta electoral que representa la derechona de toda la vida, iniciaron la campaña titulada “Darle caña al ciudadano Sánchez”.

Pedro Sánchez en la recepción de la Fiesta Nacional.
Desde el minuto uno empezaron a rebuscar en los curriculum vitae del presidente y de todo el que se mueve a su alrededor. En menos de cien días Máxim Huerta y Carmen Montón debieron abandonar sus carteras ministeriales, no por cuestión delictiva, sino por motivos de ética y estética, conceptos desconocidos por los principales valedores del sistema de corrupción que sí ha manchado la imagen de España en el exterior y creado una nueva preocupación entre los ciudadanos.

Aunque el facherío acostumbra a irse de rositas, está habituado a tirar de los hilos del poder y la influencia, siguieron en el empeño de  disparar con su escopeta de feria para tratar de cobrarse nuevas piezas. Lo están intentando con la titular de Justicia, Dolores Delgado, a la que pretenden asociar con las marranadas del comisario Villarejo. También pusieron a tiro al ministro de Agricultura, Luis Planas, un santo varón, con más formación y prestigio que cualquiera de los chavales, algunos indocumentados, que presumen de liderar la oposición.

El intento de poner contra las cuerdas al ministro de Ciencia Innovación y Universidades, Pedro Duque, al que trataron de atribuir irregularidades en un una sociedad patrimonial a la que pertenece no les salió bien. Tampoco se libró del juego del ‘tiro al ministro’ la titular de Trabajo, Magdalena Valerio, con motivo del famoso “gol por la escuadra” que le metieron a la dimitida directora general de Trabajo. Concepción Pascual.

Ha habido otros intentos de linchamiento, en un momento en que los niveles de transparencia y responsabilidad en la gestión pública han alcanzado niveles inéditos en la historia de la política española. Hasta hace muy poco tiempo aquí no dimitía ni Cristo.

No me olvido del intento de cobrarse una pieza de caza mayor cuando se orquestó, con la inestimable colaboración de los medios de comunicación que bailan al son del facherío, el manido asunto de la tesis doctoral de Pedro Sánchez, que todos han mirado con lupa y que está más limpia que una patena.

Pero el colmo de los colmos, lo hemos vivido este fin de semana en que celebramos la Fiesta Nacional de España. En la tradicional recepción de los reyes, tras el desfile militar habitual en esa jornada, Pedro Sánchez y su esposa se situaron a la derecha de los reyes, Felipe y Leticia, siguiendo las indicaciones del personal de protocolo de la Casa Real.

En seguida las redes se inundaron con la trascendental noticia de unpresunto error protocolario protagonizado por Sánchez, un hecho desmentido oficialmente desde La Zarzuela que se atribuyó la responsabilidad de lo sucedido.

Según la Casa Real, fue el personal de Casa del Rey quien le dijo al presidente del Gobierno y a su esposa, y a los representantes de todos los poderes del Estado, incluida la presidenta del Congreso, Ana Pastor, que se quedasen brevemente junto a los Reyes mientras se organizaba el resto de la fila para ir pasando al salón del trono, pero lo cierto es que la fila estuvo organizada rápidamente, así que un miembro del personal les dijo a Sánchez y a su esposa que pasasen junto al resto. Eso es todo, lo que confirma la tesis de que sigue abierta la veda para tratar de cazar al ciudadano Sánchez, sea por lo que sea. Aunque creo que el facherío debería armarse de un pelín de paciencia.