lunes, 26 de diciembre de 2016

El limbo del Partido Popular

Desde que Mariano Rajoy asumiera, otra vez, la Presidencia del Gobierno, gracias a los votos de Ciudadanos (C’s) y a la abstención del Partido Socialista (PSOE), el Partido Popular ya no es lo que era. La pérdida del rodillo de la mayoría absoluta y la necesidad de negociar hasta la última coma de las políticas con las que debe desarrollar su gestión le han situado en una extraña posición, que al margen de restarle protagonismo en la escena política, le hace visualizarse ante la opinión pública como si estuviera en una especie de limbo.

Dos ejemplos, los populares parecen perdidos en el conjunto de Andalucía, donde Juan Manuel Moreno Bonilla no parece capaz de sacar cabeza; y en la ciudad de Málaga, otrora bastión del PP, el anuncio de la jubilación de Francisco de la Torre, ha llevado a la formación conservadora al estado de shock.

Los populares deberán afanarse ahora en preparar su Congreso Nacional para principios del mes de febrero, que en esta ocasión se presume que no será de puro trámite y de simples aclamaciones. El PP se enfrenta a la tarea de renovar buena parte de su cúpula directiva, pero especialmente a la de adaptarse a los nuevos tiempos que corren, en los que los populismos se están comiendo las entrañas de los partidos políticos tradicionales.

Mariano Rajoy.
En su investidura, Rajoy trazó unas líneas rojas sobre las que avisó que no se permitiría el paso. Se refería a las reformas que realizó el PP en la anterior legislatura y que fueron fruto de unas leyes antisociales, austericidas y de descarado tinte conservador. Un escenario que definió bien el propio Rajoy cuando dijo "tan malo es no tener un gobierno como tener un gobierno al que no se deje gobernar", para apelar después a la responsabilidad de todos los partidos y pedirles que dejasen trabajar a su Ejecutivo, subrayando que “nadie debería impedir el ejercicio razonable de la acción de gobierno".

Un aviso para navegantes que, de momento, le funciona al notario gallego, gracias a la postura del PSOE que ha adoptado la política de cambiar cromos, lo que le permite aparecer como abanderado de la oposición parlamentaria y vender ante su electorado una serie de gestos de carácter progresista que, en realidad son sólo eso, gestos y que son duramente criticados por el amplio sector de la militancia socialista crítico con la senda emprendida por la Comisión Gestora del PSOE que sigue rigiendo los destinos de esta formación.

Pero parece evidente que esta estrategia, que podría servir para dar pasos importantes en cuestiones tan destacadas como la reforma constitucional o la espinosa cuestión catalana, y que hacen vislumbrar la existencia de un gobierno de Gran Coalición, pudiera parecer como la ideal para los intereses de los dos grandes partidos tradicionales y los que se marcan desde Bruselas.

La cuestión está en que se desconocen los resultados que esta fórmula puede arrojar de cara al futuro electoral del PP ya que podría estar dando alas a formaciones como Podemos o a los nacionalismos en los territorios históricos. Por lo que no parece descabellado que Rajoy, siga manteniendo, hasta la próxima primavera la actual línea de actuación, pero que tenga previsto dar un golpe de timón tras el cónclave nacional de los populares, en donde se expondrían las nuevas políticas del PP, se reforzaría su liderazgo y se engrasaría la maquinaria para unas nuevas elecciones generales.

Para el Partido Popular sería la mejor senda para salir de su limbo y aprovechar la complicada situación de la competencia. El PSOE descabezado y sin rumbo; Podemos reproduciendo los esquemas de la vieja política y, por último Ciudadanos envuelto en la deriva que supondrá la redefinición de su proyecto hacia la derecha. En definitiva, no sería de extrañar que, otra vez, seamos citados ante las urnas en no mucho tiempo.

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