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sábado, 23 de agosto de 2025

Zelenski o democracia

 

RAMÓN TRIVIÑO


Existe una discusión fundada sobre una posible deriva autoritaria en el gobierno de Volodímir Zelenski basada en la centralización del poder político y el debilitamiento institucional, junto a la aplicación de medidas represoras aplicadas sin procesos judiciales, además de intentos de controlar organismos relacionados con las políticas anticorrupción. Frente a este escenario se observa el incremento de los movimientos ciudadanos y la pérdida de confianza en la gestión de Zelenski, lo que de momento han evitado el avance definitivo del autoritarismo en plena guerra. Tras el citado episodio, la aprobación del presidente cayó de 74 por ciento en mayo a 58 por ciento en julio 2025. Sobre este clima, surgieron las protestas, consideradas las más grandes desde la invasión rusa, impulsadas por jóvenes y sociedad civil, que reafirmaron la fortaleza democrática a pesar del conflicto.


Zelenski y Trump.


Zelenski, comediante y productor de televisión, es elegido presidente en el año 2019 con un 73 por ciento de los votos, sin experiencia política. Promete luchar contra la corrupción, desmantelar las oligarquías, renovar la clase política y buscar una paz negociada con Rusia en el Donbás. Su partido, Servidor del Pueblo, logra mayoría absoluta en el Parlamento, lo que le da un poder sin precedentes en Ucrania democrática.

Entre los años 2020 y 2021 las reformas anticorrupción se estancan por la resistencia del sistema judicial, los oligarcas y los propios diputados de su partido. Zelenski intenta controlar el Tribunal Constitucional, lo que genera críticas internas y externas. Se comienzan a ver señales de concentración de poder y uso de estructuras paralelas en la administración presidencial. En 2022, con la invasión rusa en febrero, Zelenski se convierte en un líder de guerra, y concentra todos los poderes en la presidencia bajo ley marcial. Se suspenden elecciones, se cierran o fusionan canales de TV privados en una "plataforma unificada de información", y se prohíben partidos considerados prorrusos. Sin duda, e prioriza la defensa nacional por encima de las garantías democráticas.

Entre 2023 y 2024 Zelenski goza de alto apoyo popular, pero aparecen las primeras fricciones con reformistas, ONG y periodistas que denuncian falta de transparencia y opacidad en gastos militares. Algunos funcionarios clave en la lucha anticorrupción son despedidos o marginados. Su entorno se reduce a figuras de confianza del círculo empresarial de Dnipró y Kiev. 

En julio de 2025, el Parlamento aprueba una ley (impulsada desde el Ejecutivo) que socava la independencia de las agencias anticorrupción. La ley es revertida, pero se rompe la narrativa de unidad nacional y se fortalece la crítica al "estilo Zelenski". Medios y analistas internacionales comienzan a hablar abiertamente de una “deriva autoritaria”.

lunes, 21 de julio de 2025

Claves del movimiento Maga

 

RAMÓN TRIVIÑO



La vuelta de Donald Trump a la Casa Blanca se debió, en parte, al apoyo dispensado por el movimiento "Make America Great Again" (MAGA) que apela a un regreso a una supuesta época dorada de Estados Unidos. Algunos analistas advierten que MAGA podría evolucionar hacia una corriente más rígida y doctrinaria, con mayor énfasis en nacionalismo, cristianismo y cultura de la confrontación, quizá incluso más radical que Trump. Al tiempo, las doctrinas totalitarias se extienden por el mundo entero.


Manifestación del movimiento 'No kings'.


Según The Washington Post el movimiento sigue predominando en el Partido Republicano, entre el 40 y 56 por ciento de los republicanos en 2024, pero el MAGA representa menos de 17 por ciento del electorado total. Muy influyente dentro del ejecutivo norteamericano, sigue siendo un núcleo minoritario en la población general.

MAGA se aleja cada vez de Trump en ciertos temas, como política exterior, sanciones a Irán o Ucrania y problemas legales, como el caso Epstein, lo que ha aumentado la presión de figuras como Liz Wheeler, Bannon, Carlson y Laura Loomer. La hoja de ruta del plan para reestructurar la forma de gobernar a través de órdenes ejecutivas, la llamada Agenda “Project 2025”, recibe apoyos pero también muchas críticas internas, especialmente por su carácter centralizador.

De otro lado, el surgimiento de protestas masivas como ‘50 protestas en 50 estados’ (50501) y el movimiento No Kings (“En América no tenemos reyes”), reflejan una creciente resistencia pública que critica la deriva autoritaria percibida del gobierno, aunque se mantiene la narrativa anti "establishment" y anti "woke", combinada con teorías de conspiración y la desconfianza profunda en medios de comunicación públicos y gubernamentales.

El enfoque populista, nacionalista y de confrontación cultural sigue siendo fuerte, aunque es puesto en tela de juicio por las divisiones sobre tácticas y prioridades. El estilo de liderazgo autoritario se ha intensificado, por ejemplo, con la celebración de grandes desfiles militares, las restricciones a las ONGs, o la presión sobre el sistema judicial. Las tensiones con los tribunales y los movimientos de base resaltan un choque entre quienes defienden los contrapesos democráticos y quienes buscan concentrar poder.

No hay que olvidar la extensión de este pensamiento autoritario a nivel global, su estilo, estrategia y visión ideológica han sido adoptados, adaptados o inspirados por líderes y movimientos de todo el mundo. En países como Hungría, Italia y Francia, el trumpismo ha reforzado un discurso antiliberal, nacionalista y anti-UE. Viktor Orbán (Hungría) y Giorgia Meloni (Italia) comparten principios como el rechazo a la inmigración, defensa de valores cristianos tradicionales y críticas a las élites globalistas. La extrema derecha francesa (Le Pen, Zemmour) se ha alineado discursivamente con MAGA, aunque con identidad propia. Hay una red de medios y think tanks conservadores, como la Conferencia Política de Acción Conservadora (CPAC) en Europa o The Heritage Foundation en Estados Unidos, que facilitan la coordinación ideológica transatlántica.

En países como Brasil, El Salvador y Argentina, se han visto reflejos directos del estilo MAGA. Jair Bolsonaro (Brasil) fue el caso más evidente, se autodefinía como el “Trump del trópico”, imitaba su retórica y usaba teorías conspirativas. Nayib Bukele (El Salvador), aunque pragmático, utiliza una estrategia digital autoritaria que recuerda al modelo MAGA. En Argentina, el discurso de Javier Milei se inspira más en el libertarismo radical, pero comparte con MAGA el antiestatismo, anticomunismo y desprecio por lo “woke”.

En India, Narendra Modi comparte con MAGA la exaltación del nacionalismo cultural, el rechazo a la prensa independiente y la construcción de una “India hindú” hegemónica. Rodrigo Duterte (Filipinas) y su sucesor Bongbong Marcos han mantenido la línea de gobierno fuerte, nacionalismo autoritario y desconfianza institucional, ecos claros del estilo MAGA.

En España, la presencia del movimiento MAGA no es directa ni institucional, pero su influencia ideológica y de estilo ha permeado en algunos sectores de la derecha, entre ellos en algunos sectores del Partido Popular (PP) y la ultraderecha, especialmente desde la irrupción de VOX en el escenario político nacional. Sus características son, nacionalismo español fuerte, con rechazo al multiculturalismo, al independentismo y a lo que llaman “ideología de género”. Hostilidad hacia los medios de comunicación tradicionales, las élites políticas y las ONGs, junto a un uso intensivo de redes sociales, con mensajes provocadores, polarizadores y emocionalmente intensos. Todo ello adobado de la retórica antiinmigración ligada a la criminalidad o la pérdida de identidad cultural. Como conclusión, se puede afirmar que el movimiento MAGA no existe como tal en España, pero su influencia discursiva, simbólica y estratégica es visible, especialmente en VOX y en los nuevos actores digitales de ultraderecha.

Para hacer frente al avance del movimiento MAGA y sus ecos, la izquierda tiene varios caminos estratégicos posibles, pero ninguno sencillo. MAGA ha ganado terreno porque conecta con emociones profundas: miedo, desconfianza, nostalgia, rabia. Combatirlo no basta con datos ni superioridad moral. Requiere una izquierda que vuelva a generar sentido, identidad, y horizonte. La izquierda necesita recuperar una épica propia, no sólo defender lo que hay. Un proyecto que nombre los problemas con claridad: precariedad, desigualdad, desarraigo, y ofrezca una visión concreta de futuro. La izquierda debe aprender a comunicar con eficacia. No todo es “educar” a la gente: hay que conectar. Todo ello mediante más formatos populares (podcasts, TikTok, memes), menos lenguaje tecnocrático. Más relatos con protagonistas reales y menos powerpoints. MAGA avanza donde la democracia es sólo una forma sin contenido. No se defiende la democracia con miedo al fascismo, sino con entusiasmo por el poder del pueblo.

domingo, 23 de febrero de 2025

Trump versus Hitler

 

RAMÓN TRIVIÑO


«Necesito el tipo de generales que tuvo Hitler», dicen que dijo Trump en la última campaña desarrollada de cara a las elecciones generales norteamericanas del pasado mes de octubre, unas palabras que recogió la revista ‘The Atlantic’ y que luego publicaría el diario El País el día 25 del mismo mes. Según El País también la candidata demócrata, Kamala Harris, señaló al respecto que «Es profundamente preocupante e increíblemente peligroso que Donald Trump invoque a Adolf Hitler». En esa misma información se añadía que la candidata demócrata había llamado “desquiciado” e “inestable” al actual presidente republicano, después de que antiguos altos cargos del republicano en su anterior mandato lo hubieran calificado de fascista.


Donald Trump y Adolf Hitler.


Soy consciente de que meterse en el charco de poner a Trump contra Hitler es adentrarse en el barro de la polémica aunque se tengan en cuenta sus diferentes contextos históricos. Pero si hablamos de similitudes, en términos de retórica populista, uso del nacionalismo y tácticas de movilización de masas, se pueden encontrar ciertos paralelismos. Ambos han utilizado discursos que apelan a las emociones, han señalado enemigos internos y externos para justificar sus políticas y se han apoyado en una legión de seguidores fieles hasta el infinito.

Sin embargo, hay diferencias. Hitler lideró un régimen totalitario basado en una ideología genocida, si bien antes había abolido la democracia liberal, que llevó a la Segunda Guerra Mundial y al Holocausto, mientras que Trump, aunque es acusado de socavar instituciones democráticas, de momento, opera dentro de un sistema democrático con contrapesos que teóricamente limitan su poder, a pesar de que cada día que pasa esos contrapoderes sean más escasos.

La comparativa entre Trump y Hitler viene a probar que los líderes autoritarios a menudo construyen una imagen de sí mismos como salvadores de la nación y se presentan como figuras indispensables para la estabilidad y el progreso, desalentando la crítica y la disidencia, al tiempo que la propaganda es la clave para modelar su percepción pública. Los regímenes autoritarios siempre se han basado en la censura de los medios, en atacar a periodistas y en difundir, a través de medios afines, información sesgada para reforzar su narrativa. En el siglo XXI las redes sociales han facilitado la manipulación de la información y la polarización política, algo que no existía en el siglo XX.

Un buen número de analistas señalan que las políticas y retóricas actuales de ciertos líderes estadounidenses están fomentando un "fascismo de nueva generación", el ejemplo más palpable es el multimillonario Elon Musk. Este fenómeno se caracteriza por la promoción de discursos neofascistas, racistas y xenófobos, amparados en una interpretación amplia de la libertad de expresión. Los recientes acontecimientos en Estados Unidos han generado alarma a nivel internacional. Líderes y organizaciones de derechos civiles temen que la normalización de símbolos y discursos extremistas pueda influir en la radicalización global y en el debilitamiento de las instituciones democráticas.

La Conferencia de Acción Política Conservadora (CPAC), que se ha celebrado en el centro de convenciones National Harbor, en Maryland, ha generado una serie de controversias y debates en torno al resurgimiento de ideologías extremistas en Estados Unidos. Durante su intervención en la CPAC, Steve Bannon, exasesor de Donald Trump, realizó un gesto que ha sido interpretado por muchos como un saludo nazi. Este acto provocó una ola de críticas y llevó al líder del Reagrupamiento Nacional francés, Jordan Bardella, a cancelar su participación en el evento, calificando el gesto de Bannon como una "provocación inaceptable".

Por otra parte, el vicepresidente norteamericano, J.D. Vance, mostró su respaldo al partido neonazi alemán Alternativa para Alemania (AfD). Una postura que ha generado preocupación entre los líderes europeos y ha sido interpretada como un alejamiento de las políticas tradicionales de alianzas occidentales. Además, en la reciente Conferencia de Múnich, Estados Unidos anunció que dejará de ser el principal garante de la seguridad europea y ofreció concesiones a Rusia sin consultar a sus aliados europeos, lo que también ha generado desconcierto y preocupación en el viejo continente.

En definitiva, la CPAC no sólo ha servido como plataforma para el trumpismo y la ultraderecha estadounidense, sino que ha puesto en evidencia la creciente influencia de discursos que flirtean con el autoritarismo y el revisionismo histórico, lo que podría tener consecuencias en la política global y en la estabilidad de las democracias liberales. Conclusión, Trump no es Hitler, pero empiezan a parecerse.