RAMÓN
TRIVIÑO
La
vuelta de Donald Trump a la Casa Blanca se debió, en
parte, al apoyo dispensado por el movimiento "Make America
Great Again" (MAGA) que apela a un regreso a una
supuesta época dorada de Estados Unidos. Algunos analistas
advierten que MAGA podría evolucionar hacia una corriente más
rígida y doctrinaria, con mayor énfasis en nacionalismo,
cristianismo y cultura de la confrontación, quizá incluso más
radical que Trump. Al tiempo, las doctrinas totalitarias se
extienden por el mundo entero.
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| Manifestación del movimiento 'No kings'. |
Según
The Washington Post el movimiento sigue predominando en el
Partido Republicano, entre el 40 y 56 por ciento de los
republicanos en 2024, pero el MAGA representa menos de 17 por
ciento del electorado total. Muy influyente dentro del ejecutivo
norteamericano, sigue siendo un núcleo minoritario en la población
general.
MAGA
se aleja cada vez de Trump en ciertos temas, como política
exterior, sanciones a Irán o Ucrania y problemas
legales, como el caso Epstein, lo que ha aumentado la presión
de figuras como Liz Wheeler, Bannon, Carlson y
Laura Loomer. La hoja de ruta del plan para reestructurar la
forma de gobernar a través de órdenes ejecutivas, la llamada Agenda
“Project 2025”, recibe apoyos pero también muchas
críticas internas, especialmente por su carácter centralizador.
De
otro lado, el surgimiento de protestas masivas como ‘50
protestas en 50 estados’ (50501) y el movimiento No Kings
(“En América no tenemos reyes”), reflejan una creciente
resistencia pública que critica la deriva autoritaria percibida del
gobierno, aunque se mantiene la narrativa anti "establishment"
y anti "woke", combinada con teorías de conspiración y
la desconfianza profunda en medios de comunicación públicos y
gubernamentales.
El
enfoque populista, nacionalista y de confrontación cultural sigue
siendo fuerte, aunque es puesto en tela de juicio por las divisiones
sobre tácticas y prioridades. El estilo de liderazgo autoritario se
ha intensificado, por ejemplo, con la celebración de grandes
desfiles militares, las restricciones a las ONGs, o la
presión sobre el sistema judicial. Las tensiones con los tribunales
y los movimientos de base resaltan un choque entre quienes defienden
los contrapesos democráticos y quienes buscan concentrar poder.
No
hay que olvidar la extensión de este pensamiento autoritario a nivel
global, su estilo, estrategia y visión ideológica han sido
adoptados, adaptados o inspirados por líderes y movimientos de todo
el mundo. En países como Hungría, Italia y
Francia, el trumpismo ha reforzado un discurso
antiliberal, nacionalista y anti-UE. Viktor
Orbán (Hungría) y Giorgia Meloni (Italia)
comparten principios como el rechazo a la inmigración, defensa de
valores cristianos tradicionales y críticas a las élites
globalistas. La extrema derecha francesa (Le Pen, Zemmour)
se ha alineado discursivamente con MAGA, aunque con identidad
propia. Hay una red de medios y think tanks conservadores,
como la Conferencia Política de Acción Conservadora (CPAC)
en Europa o The Heritage Foundation en Estados
Unidos, que facilitan la coordinación ideológica
transatlántica.
En países como Brasil, El Salvador
y Argentina, se han visto reflejos directos del estilo MAGA.
Jair Bolsonaro (Brasil) fue el caso más evidente, se
autodefinía como el “Trump del trópico”, imitaba su
retórica y usaba teorías conspirativas. Nayib Bukele (El
Salvador), aunque pragmático, utiliza una estrategia digital
autoritaria que recuerda al modelo MAGA. En Argentina,
el discurso de Javier Milei se inspira más en el libertarismo
radical, pero comparte con MAGA el antiestatismo,
anticomunismo y desprecio por lo “woke”.
En
India, Narendra Modi comparte con MAGA la exaltación
del nacionalismo cultural, el rechazo a la prensa independiente y la
construcción de una “India hindú” hegemónica. Rodrigo
Duterte (Filipinas) y su sucesor Bongbong Marcos
han mantenido la línea de gobierno fuerte, nacionalismo autoritario
y desconfianza institucional, ecos claros del estilo MAGA.
En
España, la presencia del movimiento MAGA no es directa
ni institucional, pero su influencia ideológica y de estilo ha
permeado en algunos sectores de la derecha, entre ellos en algunos
sectores del Partido Popular (PP) y la ultraderecha,
especialmente desde la irrupción de VOX en el escenario
político nacional. Sus características son, nacionalismo español
fuerte, con rechazo al multiculturalismo, al independentismo y a lo
que llaman “ideología de género”. Hostilidad hacia los medios
de comunicación tradicionales, las élites políticas y las ONGs,
junto a un uso intensivo de redes sociales, con mensajes
provocadores, polarizadores y emocionalmente intensos. Todo ello
adobado de la retórica antiinmigración ligada a la criminalidad o
la pérdida de identidad cultural. Como conclusión, se puede afirmar
que el movimiento MAGA no existe como tal en España,
pero su influencia discursiva, simbólica y estratégica es visible,
especialmente en VOX y en los nuevos actores digitales de
ultraderecha.
Para
hacer frente al avance del movimiento MAGA y sus ecos, la
izquierda tiene varios caminos estratégicos posibles, pero
ninguno sencillo. MAGA ha ganado terreno porque conecta con
emociones profundas: miedo, desconfianza, nostalgia, rabia.
Combatirlo no basta con datos ni superioridad moral. Requiere una
izquierda que vuelva a generar sentido, identidad, y
horizonte. La izquierda necesita recuperar una épica propia, no sólo
defender lo que hay. Un proyecto que nombre los problemas con
claridad: precariedad, desigualdad, desarraigo, y ofrezca una visión
concreta de futuro. La izquierda debe aprender a comunicar con
eficacia. No todo es “educar” a la gente: hay que
conectar. Todo ello mediante más formatos populares (podcasts,
TikTok, memes), menos lenguaje tecnocrático. Más relatos con
protagonistas reales y menos powerpoints. MAGA avanza donde la
democracia es sólo una forma sin contenido. No se defiende la
democracia con miedo al fascismo, sino con entusiasmo por el poder
del pueblo.