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sábado, 22 de diciembre de 2018

Un año que pasará a la Historia


El año que acaba, 2018, será un período que pasará a los libros de Historia, por los acontecimientos políticos y sociales de gran relevancia que, entre otras cosas, han dado la vuelta como un calcetín al escenario del Estado español.

La moción de censura contra el Gobierno de España, presidido por Mariano Rajoy, debatida entre el 31 de mayo y el 1 de junio de 2018, registrada por el Grupo Socialista el 25 de mayo, después de que la Audiencia Nacional sentenciara que el Partido Popular (PP) se había beneficiado del esquema de sobornos ilegales a través de los contratos del caso Gürtel,  suponían la confirmación por los tribunales, en primera instancia, de la existencia de una estructura de contabilidad y financiación ilegal que se desarrolló en paralelo con la oficial desde el momento de la fundación del partido en 1989.

La revolución feminista ha sido uno de
los hechos más relevantes de 2018.
Como se recordará, la referida sentencia, fue la espoleta que hizo reaccionar a la mayoría de los diputados del Congreso, que unieron sus fuerzas, para apear de su poltrona a Mariano Rajoy y llevar a La Moncloa, de forma inesperada, al socialista Pedro Sánchez, que se convertía en el séptimo presidente del Gobierno de la democracia. El cambio de postura, a última hora, del PNV, sumaba más de los 176 votos necesarios, que se unían a los del PSOE, Podemos, ERC, PDDECat, Compromís, Bildu y Nueva Canarias.

Se inauguraba a partir de ese primero de junio un tiempo a la esperanza, que se va abriendo paso con muchas dificultades, pero que ponía fin a uno de los períodos más oscuros de la democracia española, en la que se produjo un grave retroceso en materia de derechos sociales y libertades, al tiempo que se ponía en evidencia la descomposición provocada por una corrupción sistémica que lo infectaba todo. Hay que recordar aquí las derivas de los casos Cifuentes, Lezo o Púnica, todavía pendientes de resoluciones judiciales.

Pero no sólo la revolución llegó al ámbito de la política, era la que primera vez el Ejecutivo estaba compuesto por más mujeres que hombres, o que de forma inédita el diario El País entregaba su dirección a una mujer. Dos hechos surgidos tras la masiva huelga y protestas del 8-M, sin precedentes en el país. Una "revolución feminista" que aunque comenzó hace algunos años en España, se consolidó y logró su mayor visibilidad el pasado 8 de marzo en la celebración del Día Internacional de la Mujer. Aquella jornada miles de personas en todo el país salieron a las calles, se ausentaron en sus trabajos, interrumpieron avenidas, y obligaron a detener medios de transporte para protestar contra la discriminación de género en el trabajo, la desigualdad salarial y la violencia contra la mujer.

Pero finaliza el año con un panorama no tan halagüeño. Tras la debacle en las filas populares y la radicalización de Ciudadanos hacia la derecha, llegó la renovación en el Partido Popular, de la mano de todo un personaje, Pablo Casado, que con sus mensajes ha pasado por la derecha al mismísimo Mariano Rajoy, lo que unido a la irrupción de Vox en las autonómicas andaluzas, vienen a demostrar que la izquierda necesita unidad y movilización.

Con la formación, todavía pendiente, del nuevo Gobierno andaluz, surgen motivos para la preocupación ante la posibilidad de que los cambios vividos por la sociedad española en el último año puedan llegar a ser reversibles.

En esta situación no ayuda la otra gran cuestión que ha protagonizado los últimos 365 días. Se trata de la cuestión catalana, cuya lejana solución  parece avanzar levemente en los últimos días tras el encuentro entre representantes del Gobierno de España y la Generalitat de Catalunya, asunto que, según los estudios sociológicos, también pesa en la derechización de una parte del conjunto del electorado.

Parece evidente que nos adentramos en un nuevo año cargado de incertidumbres para el que, en mi opinión, vuelvo a repetir, es necesaria la recuperación del espíritu que llevó a Pedro Sánchez a la presidencia del Gobierno y al desarrollo, sin complejos, de unas auténticas políticas de progreso, que garanticen el bienestar de la gran mayoría de los ciudadanos.

sábado, 17 de septiembre de 2016

Buscar una salida

Lo que está sucediendo a lo largo y ancho de nuestra piel de toro tiene un responsable principal, la suave lluvia que cae lentamente sobre el territorio empapándolo todo de corrupción, lo que provoca un desánimo generalizado, desconocido hasta ahora por estos lares.
Enumerar uno a uno los escándalos que nos envuelven en la última década no tiene ahora demasiado sentido porque lo que se impone, al margen de ocuparse de que paguen los responsables, es encontrar soluciones que vuelvan a dotarnos de la normalidad democrática que permita velar por los intereses de la gran mayoría de los españoles.



En este sentido, cada día que pasa se atisba en el horizonte que la salida del pozo no está, desde luego, en la celebración de nuevas elecciones, ni en la continuidad del equipo y las políticas de Mariano Rajoy que, en gran medida, han conducido a España al lugar en donde estamos. En la mayoría de los países europeos de nuestro entorno la gestión realizada por los populares hubieran llevado hace tiempo a conjugar el verbo dimisión.
En consecuencia, la única posibilidad que aparece en el frente es la formación de un Gobierno de progreso que permita la profunda renovación que precisa la actual estructura política y el mantenimiento de nuestro depauperado estado de bienestar.

Para ello, se hace menester un liderazgo fuerte, apoyado por una organización unida y con la intención y capacidad de sentarse en una mesa para poner todas las cuestiones sobre la mesa, por muy espinosas que estas sean. No se me ocurre otro nombre que el de Pedro Sánchez, a pesar de las zancadillas que le tienden desde sus mismas filas, para emprender el difícil camino al que deben sumarse todas las demás fuerzas que se califiquen de progresistas, con la voluntad de llegar a un consenso en los ejes fundamentales de las políticas del que sería nuevo Ejecutivo, aparcando para un futuro cercano las diferencias que hasta la fecha parecen insalvables. Está en juego el futuro de todos.