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sábado, 23 de febrero de 2019

La diversidad no es pelea en la izquierda


En las últimas fechas vengo escuchando las declaraciones de distintos líderes de la izquierda, pasando por Irene Montero, Rafael Mayoral, Íñigo Errejón, Alberto Garzón, hasta llegar a Pedro Sánchez, sobre la necesidad de la unidad de acción de la izquierda.


Parece una evidencia que para muchos de los integrantes de la izquierda española que la diversidad no es, ni debe ser, sinónimo de pelea. Todos se manifiestan partidarios del diálogo que también debe permanecer abierto entre las diferentes fuerzas de la izquierda

La diversidad en todos los casos es síntoma de riqueza no de falta de fortaleza. Por lo que los integrantes del conjunto de la izquierda deben tener claro, ante los hechos que estamos viendo, que demuestran hasta dónde es capaz de llegar la ultraderecha, que el único enemigo son esas políticas que recortan los derechos y libertades de la mayoría.

Razones que aconsejan no ver con malos ojos los intentos de unidad de acción de la izquierda mediante dos posibles caminos. Las alianzas dentro las estructuras partidarias actuales, o a través de opciones ajenas a ellas. En Andalucía, por poner un ejemplo, han surgido dos de ellas.
En Málaga Izquierda Unida ha propuesto a Podemos que Alberto Garzón sea el cabeza de lista por esta provincia  en las generales del 28-A. Ya lo hizo en el año 2011 cuando obtuvo por primera vez su acta de diputado.

En Jaén, donde ya hubo un intento de coalición similar en las pasadas autonómicas bajo la denominación de Recortes Cero, su dirigente, Esperanza Rico, propone  un frente amplio de unidad por la redistribución de la riqueza, que no es otra cosa que poner los enormes recursos de la sociedad española al servicio de la inmensa mayoría. Rico aboga para que haya otra izquierda, que dé una alternativa a los millones de votantes huérfanos que no se sienten representados ni por el PSOE ni por UP, según dice.

Insisto en que la diversidad no es pelea, incluso tampoco debe serlo la confrontación de ideas, que se pueden acercar y consensuar mediante propuestas. Lo que está claro es que de cara a las próximas elecciones generales ninguno de nosotros debe quedarse en casa por unas mínimas diferencias entre siglas. Hay que sumar para poder ganar y lograr el objetivo de conseguir la España que queremos. En la movilización estará la clave.





miércoles, 6 de febrero de 2019

La derecha echa las patas por lo alto


La sarta de insultos contra el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez: traidor, felón, ilegítimo, chantajista, mentiroso compulsivo, ridículo, irresponsable, incapaz, desleal, ególatra, incompetente, mediocre y okupa, proferidos por los representantes de la rancia derechona española, sería motivo para la risa, son como niños mosqueados, si no fuera porque con su desesperada y sobreactuada intervención demuestran que la cosa se les está yendo de las manos.

Integrantes del Trifachito.
Pablo Casado, Albert Rivera y Santiago Abascal, en una nueva versión del Trifachito, están intentando crear un ambiente guerracivilista, que no solo terminarán pagando caro en los próximos procesos electorales, sino que pretenden crear el caldo perfecto para que la ciudadanía aún muestre todavía más su desapego por el sistema democrático de representación política.

Usar, otra vez, la llamada cuestión catalana, gracias a la percha ofrecida por la confusión creada por el propio Ejecutivo sobre la figura del relator, para tratar de forzar a la desesperada una convocatoria adelantada de las elecciones generales, demuestra cuáles son sus propios intereses. Única y exclusivamente electoralistas. Les importa un bledo lo que esté sucediendo en Cataluña, lo mismo que no les interesan en absoluto los problemas cotidianos de los españoles. Al menos nunca hablan de ellos.

Cuanto peor, mejor, parece ser el eslogan escogido por el Trifachito, para echar las patas por lo alto e intentar en la calle una demostración de fuerza, conocedores de que por mucho que bramen y pongan banderas en los balcones, lo veremos en los próximos días, las encuestas les seguirán señalando como una gran minoría.

Es momento de llamar a la calma y a la moderación y a conservar la cabeza fría y el corazón caliente. Los graves problemas que tiene ahora mismo España, no se van a resolver con algaradas callejeras, sino, por el contrario, mediante el diálogo, dentro del marco constitucional, por el que tanto clama ahora la derechona, sentados en la mesa con mentes abiertas, dispuestos a no ser excluyentes y a utilizar la palabra, no el insulto y la descalificación, además de con la intención de encontrar puntos comunes y no derribar todos los puentes.

La Historia, con mayúsculas, nos ha enseñado que así avanzan las sociedades libres.




miércoles, 6 de junio de 2018

España abre el tiempo del cambio


Después de unas jornadas de trepidante actividad informativa, que comenzó con la victoria de la moción de censura de Pedro Sánchez, la caída, impensable hace pocos días, de Mariano Rajoy, la formación del nuevo Gobierno de España y, por qué no decirlo, la designación de la periodista Soledad Gallego-Diaz, al frente de la cabecera del emblemático diario El País, se antojaba una especial y óptima configuración de las estrellas, ha comenzado, sin remedio, el tiempo del cambio.

No hay que olvidar y siempre recordar, que el nuevo escenario político que se abre ante la ciudadanía, se debe al acuerdo de un conglomerado de fuerzas políticas, ocho en total, cada una de su padre y de su madre, que coincidieron en la necesidad de terminar con una etapa de la democracia española que había llegado al límite.

Pedro Sánchez promete su cargo en La Zarzuela.
La primera sentencia del caso Gürtel, solo fue la espoleta que provocó la explosión de una situación en la que además de imperar la corrupción, estaba dañada por el fuerte retroceso en derechos y libertades elementales y por una larga serie de políticas que tenían sumido al país en umbrales de pobreza, desigualdad y precariedad que no se recordaban desde los tiempos de la postguerra española.

Esas fueron las razones legítimas para que 180, más de la mayoría absoluta necesaria, de los 350 diputados que componen el Congreso, que representan, según el número de votos de las últimas elecciones generales del 26 de junio de 2016, la voluntad de más de 12 millones de electores, frente a los 11 millones que respaldaron al Partido Popular y Ciudadanos, contrarios a la moción de censura, decidieran abrir la puerta al necesario tiempo del cambio.

Es cuestión baladí afirmar que los tiempos que se avecinan no serán fáciles, creo que nadie ha dicho que lo vayan a ser, pero lo que sí parece claro, es que se dan las condiciones necesarias para que el fruto del esfuerzo colectivo se convierta en una fuerza transformadora que cambie el erróneo rumbo que llevaba España. Además, se contará con la herramienta esencial que supone el nuevo Gobierno de Pedro Sánchez, que en mi humilde opinión es el que posee más brillo propio desde la vuelta a la democracia.

En el camino que ahora emprendemos será esencial mantener la generosidad política que alumbró la moción de censura así como la conjura para mutar los daños que la derechona de siempre ha infligido a la gran mayoría de los ciudadanos. También es esencial, en el período provisional que se abre, mostrar la voluntad de resolver la terrible herida abierta a causa de la llamada cuestión catalana.
Es menester atender las clamorosas demandas sociales, al tiempo que encauzar las reformas estructurales, que por culpa de la acción de la derecha y también, de las circunstancias políticas, han hecho que España vaya con mucho retraso en la senda del progreso y el desarrollo, en relación a los países del entorno europeo.

Se ha hablado mucho estos días del ejemplo de Portugal, un modelo a seguir, en cuanto a la adaptación a sus necesidades y no a las crueles exigencias de Bruselas y del FMI. Portugal ha demostrado que otra forma de hacer política es posible, sin dejar de cumplir los compromisos adquiridos con la Unión Europea y los acreedores.

El timón de la nave le corresponde en esencia al flamante presidente Pedro Sánchez, que en su primera intervención pública tras tomar posesión de su cargo ante el Rey, prometió que su Gobierno tendrá como objetivo “escuchar, dialogar y anteponer siempre el consenso a la crispación” en la política española e internacional.

Una fórmula, que a tenor de las primeras declaraciones del resto de las fuerzas políticas que apoyaron la moción de censura, parecen ser el denominador común de las acciones que España necesita para volver a creer en un horizonte cargado de esperanza e ilusión.


Vídeo: Acto de toma de posesión de Pedro Sánchez.


miércoles, 14 de febrero de 2018

Barcelona, mon amour

Desde hace meses me sobrevolaba la tentación de analizar determinados aspectos de la llamada cuestión catalana, a lo que me he resistido hasta que he regresado de un viaje a la ciudad de Barcelona, que me ha permitido tomar el pulso a lo que se cuece en mi querida y admirada ciudad.

Como preámbulo debo decir que mi patria es el mundo, no he sido ni seré nacionalista, pero respeto a los que lo son, aunque piense que la democracia, la libertad, el progreso, el bienestar y el futuro o está por encima de las fronteras o nunca llegarán de forma plena.

Regreso con la amarga sensación de que gran parte de lo que nos llega de lo que pasa en Cataluña es fruto de una gran manipulación interesada de las partes en litigio, que utilizan la gran máquina de la televisión para tratar de vender una realidad que no existe. Los llamados constitucionalistas hacen un uso descarado de TVE y los otros, los independentistas, hacen lo propio con TV3.

También debo aclarar que soy de los que piensan que la ley está para ser cumplida y los que la quebrantan deben atenerse a las consecuencias. Otra cosa muy distinta es que volvamos a la caza de brujas del macartismo, aunque en este caso los enemigos no sean los comunistas sino los independentistas catalanes.

Panorámica de Barcelona desde el mercado de Els Encants.
Que, por cierto, no han salido de la nada, representan una parte muy amplia de la mayoría social catalana y que, en gran medida, son fruto, la mayor parte, de una herencia cultural genuina, que se detecta a través de una simple conversación y, otros, de las erróneas políticas que el Estado ha venido aplicando sobre un pueblo que se alza ante tan singular manera, admito que incluso represiva,  del ejercicio de la política.

El profesor de Historia contemporánea de la Universidad Autónoma de Barcelona, Francesc Vilanova, escribía en estos días, con criterio, que el gobierno del Partido Popular ha soltado a la Fiscalía del Estado y esta ha arrastrado, con un entusiasmo evidente, al Tribunal Supremo y al Tribunal Constitucional”.  Para añadir más adelante que “en este durísimo contexto, me parece que debemos asumir, de una vez por todas, que el camino emprendido por el gobierno español es irreversible. Como muy bien decía el periodista José Antich, el objetivo final es liquidar a una generación política entera y poner el contador a cero”.

Parece evidente que los independentistas no sólo están siendo víctimas de las citadas políticas de caza de brujas, sino también de los oscuros intereses de sus propios dirigentes, empeñados en hacer realidad por cualquier medio, incluso los ilegales, su particular utopía que a mi juicio no vendrá a solucionar los grandes retos que tiene planteada la sociedad catalana.

Sagrada Familia.
Pero también es palpable que muchas de las cosas que nos cuentan sobre Cataluña, son mentira o, al menos, verdades a medias. Tres ejemplos, con datos en la mano, lo demuestran. No es cierto que el crecimiento económico de Cataluña se haya frenado. El año pasado, 2017, el crecimiento de la economía de catalana para el global del año se situó tres décimas por encima del conjunto de España y un punto por encima de la media de la zona euro.

Tampoco es verdad que se esté incrementando el desempleo. Según la última EPA en los tres meses posteriores al referéndum del 1-O, en Cataluña se crearon 113.000 empleos más que en el cuarto trimestre de 2016. La tendencia es igual de positiva respecto al número de parados. Al término del último trimestre de 2017, la comunidad autónoma tenía 479.200 desempleados, 79.200 menos que en el mismo periodo del año anterior. Se trata de la cifra más baja desde 2008.

El otro ejemplo recurrente es decir que el sector turístico se ha visto seriamente afectado por la cuestión catalana. Si bien es cierto que existieron caídas registradas en los tres últimos meses del año, Cataluña fue la comunidad española de destino turístico principal en 2017, con 19 millones de turistas, un 5 por ciento más que en 2016. Además, con previsiones halagüeñas por la celebración, en los próximos días del congreso mundial de telefonía móvil que constituye el mayor evento turístico del año en Barcelona, con un impacto económico aproximado de 471 millones de euros.

Por todo lo anterior es una evidencia que Cataluña necesita una respuesta política, enmarcada en el escenario del consenso y del diálogo entre todas las partes en conflicto. Una respuesta imaginativa, generosa y que permita unas salida en la que no haya vencedores ni vencidos. Es menester un proyecto común para España. Como dijo con tino el secretario general del PSOE, Pedro Sánchez, "la finalidad de un gobierno no es conservar el poder, sino resolver los problemas y no cronificarlos", aludiendo al avance del independentismo desde que Rajoy llegó al poder.


Volviendo al título de este escrito, en mi última visita a Barcelona recordé la famosa película Paris, je t'aime, en la que varios prestigiosos realizadores narran las maravillas de la capital parisina tomando como referencia distintos barrios de la ciudad francesa. Barcelona también sigue siendo esa urbe idealizada, culta, acogedora, entrañable y necesaria para todos. Barcelona es mon amour y es obligado apostar por ella y por el conjunto de la sociedad catalana.